Un Cable MÍO en el Cerro de las Tres Cruces

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Un Cable MÍO en el Cerro de

Cali tiene un problema de ambición. Convive con sus símbolos, pero no se atreve a transformarlos.

El Cerro de las Tres Cruces es el mejor ejemplo. Cada fin de semana miles de personas lo suben —entre 5.000 y 10.000, fácilmente— movidas por la fe, el deporte, la disciplina o simplemente por el deseo de un parche de amigos con una de las mejores vistas de la ciudad. Y, sin embargo, Cali sigue tratándolo como si fuera un lugar secundario, cuando en realidad estamos hablando de uno de los espacios más emblemáticos, visitados y prometedores que tiene la ciudad.

Es hora de decirlo sin rodeos. las Tres Cruces merecen un teleférico. Un Cable MÍO. Y no como un adorno, sino como el eje de una transformación urbana seria, ambiciosa y visionaria.

Pero antes del Cable MÍO hay decisiones incómodas que deben tomarse. Si Cali quiere asumir de verdad el futuro de este cerro, lo primero es quitar las antenas. No se puede aspirar a construir un ícono turístico, espiritual y urbano con una cima llena de estructuras metálicas que rompen el paisaje, desfiguran la experiencia y le quitan fuerza simbólica a uno de los cerros tutelares de la ciudad.

Lo segundo es igual de importante y es adquirir y consolidar los predios alrededor de la parte alta del corregimiento de Montebello. Sin control del suelo no hay proyecto serio. Sin proyecto serio no hay transformación. Y sin transformación seguiremos administrando un lugar extraordinario con una lógica de abandono.

Hoy las Tres Cruces son, sobre todo, un escenario deportivo. Pero ese cerro puede y debe ser mucho más. Cali necesita pensar allí un proyecto integral con una capilla bien concebida, acorde con la historia del lugar; restaurantes de calidad para desayunar o contemplar la ciudad; baños dignos y permanentes; un gran mirador; equipamiento deportivo moderno; iluminación; seguridad real; paisajismo; mobiliario urbano; zonas de descanso. Y todo eso conectado por un Cable MÍO que democratice el acceso y convierta ese cerro en una experiencia para todos.

Porque aquí hay una verdad incómoda que no puede ignorarse: hoy las Tres Cruces no son para todos. Son, en gran medida, para quien tiene la capacidad física de subirlas. El teleférico rompe esa barrera. Permite que una persona mayor, un niño, un turista, una familia o cualquier ciudadano pueda disfrutar de este patrimonio sin que el acceso dependa exclusivamente del esfuerzo físico.

Eso no le quita valor deportivo al cerro. Al contrario: le agrega valor social, turístico y ciudadano.

Las Tres Cruces no son decoración. Son relato. Son memoria. Son identidad. Ahí arriba no solo hay concreto; hay una historia profundamente ligada al imaginario caleño. En el siglo XIX, la ciudad enfrentó el miedo colectivo al llamado Buziraco, el demonio al que la tradición popular le atribuía desgracias, epidemias y calamidades. La respuesta fue simbólica, levantar cruces para expulsar el mal y recuperar la esperanza. Por eso existe el ritual de subir. Por eso la cima tiene una dimensión espiritual. Por eso ese cerro no es cualquier cerro.

Precisamente por eso resulta inaceptable que hoy subir a las Tres Cruces implique, para muchos, asumir riesgos. Atracos, deterioro en algunos tramos, falta de control, escasa presencia institucional. Nada de eso debería ocurrir en el cerro más visitado de Cali.

Las cerca de 42 rutas y accesos que conectan con las Tres Cruces merecen intervención. Las escaleras de Bataclán —esas cerca de 800 que tantos caleños conocen— podrían convertirse en una experiencia estética y urbana con cerámica, arte, color, identidad caleña. El recorrido debe ser tan memorable como la cima.

Las Tres Cruces también necesitan un símbolo visible tipo el letrero de Hollywood, una marca reconocible, una intervención icónica que le diga al mundo que ese lugar es el gran balcón de Cali. Las ciudades que entienden el turismo no solo construyen infraestructura; construyen identidad.

Por eso el debate no es simplemente si hacemos o no un teleférico. El verdadero debate es si Cali va a seguir conformándose con contemplar sus símbolos o si, por fin, se va a atrever a convertirlos en motor de desarrollo urbano, turístico y cultural.

Cali ya expulsó una vez a su demonio, según la leyenda. Tal vez ahora le toca expulsar otro: el de pensar en pequeño.

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